1/28/2015

La fuerza de las palabras... Lo que tu hija/o realmente escucha.



Hace unos días compartí con ustedes una publicación acerca del poder que la autocompasión ha tenido en mi vida, en particular les hablé de cómo ha influido en mi decisión de amarme y cuidar mi cuerpo y mi salud. Les comentaba en aquella nota las dificultades que como adulta he vivido con mi peso y mi imagen corporal. Sin embargo, la insatisfacción con la apariencia y la forma en cómo comemos habitualmente inicia en edades más tempranas, a veces muy tempranas. El día de hoy les platico del impacto que nuestras palabras, como adultos, tienen sobre los más pequeños, nuestros hijos, sobrinos, alumnos, en los niños con los que convivimos. Existe evidencia de que lo que decimos acerca de su persona, influye de manera importante en su autoconcepto. Si eres mamá o trabajas muy de cerca con niños, este post es especialmente para ti.
Cuando era pequeña, mi mamá, como cualquier madre amorosa, se preocupaba por mi formación y mi salud. Me enseñaba valores y uno de ellos era la humildad. Creo que eso era lo que intentaba que yo aprendiera cuando me dijo que si alguna persona me llamaba "bonita" yo debería de cantar o al menos recordar una canción que me cantaba acerca de un barquero que daba acceso gratis a su barca a una niña que era muy linda y que entre sus estrofas la niña le contestaba "yo no soy bonita, ni lo quiero ser, porque las bonitas se echan a perder". Yo no entendía por qué yo tenía que cantar o pensar en esa canción, mucho menos por qué yo tendría que decir que no era bonita, si eso era justamente lo que yo quería ser, pero sobre todo, lo que yo quería que ella me dijera que yo era. Estoy convencida completamente de que las madres educamos a nuestros hijos con los mejores recursos con los que contamos, con la mejor intención y con todo el amor, sin embargo, a veces es necesario ir un poco más allá y tratar de entender lo que nuestros hijos escuchan, observan y "entienden" cuando nosotros les hablamos.

Recuerdo que fui una niña "muy delgada" y "mala para comer", o al menos así pensaba y decía mi madre. Tengo muy presente como es que con relativa frecuencia me llevaba al laboratorio para que me tomaran una  biometría hemática (examen de sangre), porque temía que yo tuviera anemia. Ella fue una niña anémica, según nos cuenta. Puedo claramente recordar las palabras del Químico en el laboratorio cuando le decía a mi mamá: "Señora, ¡la niña está bien!, ya no se preocupe" y también recuerdo lo que esas palabras provocaban en mi. Ya se imaginarán cómo me daba coraje que me hubieran picado sin necesidad. Aún así, yo era muy pequeña para objetar, o entender bien lo que ella hacía.

Lo que no olvido es el sobre aquel, de color negro con blanco, que cada mañana recortaba por la esquina con unas tijeras, vertía el contenido sobre una cuchara y me lo  daba a beber, religiosamente y sin falta. Contenía un líquido de color rojo muy, pero muy dulce y me decía que con él iba a comer mejor.  Hoy día veo mis fotos y francamente no pienso que yo haya sido una niña tan delgada, o que necesitara comer más o de manera diferente. Pero bueno, ella era mi madre y, por lo tanto, era la que "más" sabía.
La historia continúa.  Aun siendo pediatra, es fecha que no sé que es lo que me daba en aquel mágico líquido, pero cumplió con su finalidad, porque a eso de los 8 años empecé a ganar peso. Para los 10 era una niña gorda y para los 11, francamente obesa. El discurso y la preocupación de mi madre naturalmente habían cambiado. Ya no me decía que mis flacos brazos se iban a romper, ni tampoco me recordaba de todos los niños de Biafra que morían de hambre mientras yo rechazaba la comida, ni me cantaba "aquí viene un avión, un avión cargado de sopa" para que abriera la boca, mucho menos me decía "no te levantas hasta que te acabes lo que está en el plato". 

Ahora me pedía que ya no comiera tanto, que me cuidara. Me insitía en que metiera la panza y me aconsejaba que en lugar de comida, bebiera agua, si me quedaba con hambre. Ahora yo estaba MUY consciente de que estaba gorda y que eso no era bello, ni se veía bien. Mi mamá seguía hablando y aconsejando sobre qué hacer para que yo comiera "mejor" y bajara de peso. Su preocupación ya no era mi delgadez, sino mi gordura.  Evidentemente, la canción del barquero ya no era necesaria.

Sin darme cuenta y a base de tanta insistencia, empecé a tener un desagrado particular hacia mi cuerpo, no quería ya ser la gorda, ahora quería ser la flaca. Por esa época entré a la secundaria y para mi descubrimiento, el tema del peso ahora también estaba fuera de casa, lo escuchaba en el colegio, entre mis compañeras y amigas del salón. Más que nunca deseaba enflacar. Los niños me gustaban y yo temía no agradar a los demás. Hacia el final del primer año de secundaria entré a una obra de teatro por las tardes, con lo que llegaba tarde a casa y sin comer me iba a mi clase de inglés. Fue el escenario "perfecto" para "no tener tiempo para comer", así que con esas malpasadas empecé a bajar de peso. La realidad es que al adelgazar me encantó la idea y cada vez comía en menor cantidad. Recuerdo las noches en que mis tripas sonaban, pero yo me decía a mi misma que aguantara, que eso era fuerza de voluntad. 

En el verano entre el primero y segundo año de secundaria bajé alrededor de 14 kilogramos. Me sentí sensacional cuando mis compañeros de la escuela notaban mi delgadez, mi gran logro. No tienen idea de lo contenta que eso me ponía. En ese entonces yo no sabía, pero cumplía casi con todos los criterios de una anorexia nerviosa. No estoy cien por ciento segura de que me ayudó a no desarrollarla ampliamente, lo que sí recuerdo es una plática intensa que mi padre tuvo conmigo una buena tarde, en la que me hizo ver lo que yo me estaba haciendo y con lágrimas en los ojos me dijo cuánto le dolería si a mi me pasaba algo. Casi estoy segura de que ese particular evento me despertó de mi letargo y me hizo ver que alguien me amaba profundamente tal y como yo fuera. Sea lo que sea, agradezco infinitamente el que esa etapa de tanta preocupación en torno al peso se diluyó, aunque obviamente, dejó las huellas que me han perseguido la mayor parte de mi edad adulta, hasta apenas hace unos cuantos años, en que como ya les he contado, cambié el auto-juicio por auto-aceptación.

El asunto de toda esta historia no está en lo que yo comía o no comía o en el grosor de mis muñecas, sino en lo que yo pensaba de mi misma, en el grado de satisfacción que sentía hacia mi imagen corporal, en mi autoestima y el concepto de mi persona que yo iba construyendo a lo largo de los años. Inconscientemente sentía que ni siendo flaca, ni siendo gorda era suficientemente buena. 

Reitero una vez más, amo a mi madre profundamente y hoy por hoy no la culpo más de las voces que fomentó en mi a través de sus palabras. He sanado esas heridas y de hecho no fue sino hasta la edad adulta, después de mucho trabajo personal que pude encontrar en donde se fue gestando ese auto-concepto y la forma en cómo todas estas nociones fueron afectando mi relación conmigo misma, con los demás y mi forma de alimentarme y cuidarme.

Esta es sólo la historia de una persona. ¿Alguna vez has sabido de una historia similar? Esto ha sucedido a lo largo de la historia, en las diferentes culturas y sigue y probablemente seguirá sucediendo si no tomamos conciencia de los mensajes que enviamos a los niños. Lo que haya pasado con nosotros será algo que tengamos que trabajar, pero lo realmente importante, al menos desde mi perspectiva como madre y como profesional de la salud que trabaja con niños es lo que hagamos nosotros con las siguientes generaciones.

El caso de una sola persona no es estadísticamente significativo, sin embargo, en la literatura existen muchos artículos que tocan este tema: la influencia de los padres, o los adultos significativos, en el auto-concepto de los niños, en su percepción de su imagen corporal, en su autoestima e incluso en su forma de comer. Algunos estudios indican que existe una influencia directa y negativa cuando los padres, o los adultos significativos, hacen comentarios negativos sobre el cuerpo del niño, sobre su peso o su forma de comer. En el mismo sentido, el hablar de dietas, de gordura, de calorías, de moda, de lo que es bello y lo que no es, impacta el concepto de belleza y el grado de satisfacción corporal que los niños van desarrollando y puede favorecer en ellos comportamientos alimentarios alterados. 


Por lo tanto,  les recomiendo que sean cautos cuando toquen todos estos temas con sus hijos. A mi misma, que soy madre de mujercitas y que me dedico al cuidado de la salud y al trabajo con la alimentación y el peso de las personas, la vida me ha tenido que enseñar a cuidar mi discurso. Aun si el enfoque de la alimentación va orientado hacia la salud y no al aspecto físico, si uno es exagerado y recalca demasiado el impacto del sobrepeso en  el riesgo de enfermedades. Esto puede crear en los niños un importante temor a engordar y en consecuencia a enfermar.

Si tienes dudas, acércate a tu pediatra o médico de cabecera, busca ayuda profesional, pero sobre todo, toma conciencia de que tus temores pueden convertirse en los de tus hijos. Cuando hables con tu hijo o hija aségurate de que entiende que lo/la aceptas tal cual es, que lo/la amas muchísimo y, sobre todo, incondicionalmente. ¿Cuál es la necesidad de que una persona tenga que haber atravesado una larga historia de lucha con su forma de comer, de insatisfacción consigo misma y tener que sanar hasta la edad adulta, cuando todo esto se puede prevenir mediante la construcción de una sana autoestima, que inicia con un lenguaje amoroso y la plena aceptación por parte de los padres desde la infancia?

Aquí puedes ver algunos artículos que hablan de este tema:

Si quieres hablar de este u otros temas, te invito a que me escribas a contacto@nutrintegra.com o me llames (669)985-2424 me encantará conocer tu historia.


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