1/19/2015

El poder de la Auto-Compasión... NADA tiene que ver con lástima.


Era una mañana de Junio del 2010. Lo puedo recordar claramente, como la misma agua que caía de la regadera y mojaba mi piel. Lo que no era tan claro era la serie de sentimientos y voces en mi cabeza. Ese día, como muchas otras veces, me había metido a bañar malhumorada y resentida. No me gustaba lo que antes de entrar a la regadera acababa de ver en el espejo, mi cuerpo. 

Me había prometido tantas veces que me pondría a dieta, que bajaría los 15 kilos que me sobraban después de los tantos años de poco cuidado, falta de ejercicio y dos embarazos. Sin embargo, nunca parecía cumplir esa promesa. "¿Por qué no tengo fuerza de voluntad?" me preguntaba una y otra vez. "¿Cómo llegué a estar así?, ¿por qué me descuidé tanto?, "whatever! hay otras cosas más importantes, como los niños" – estas y otras frases visitaban mi cabeza con regularidad, provocando angustia, frustración, enojo conmigo misma y al final, desesperanza.

Aquella mañana, sin embargo, las cosas eran distintas. Después de llevar un par de meses en terapia por una serie de eventos ocurridos en años recientes –la muerte de mi padre, el cambio de residencia de una ciudad a otra, la crianza de gemelas y el nacimiento de un bebé– había empezado a tomar conciencia de cómo mi estado de ánimo estaba afectado por asuntos no resueltos. Empezaba a trabajar en cerrar esos ciclos y había decidido que ya estaba cansada de sentirme enojada, triste y desesperada. Puedo revivir el momento preciso en la regadera cuando sintiéndome enojada me dije a mi misma algo como: "¡Ya basta! Deja de hablarte así, este es tu cuerpo y es sólo tuyo y te ha permitido ser quien eres. Si quieres cambiar, ¡hazlo! pero definitivamente nada va a pasar si sigues criticándote, juzgándote y ofendiéndote. Un paso a la vez, Claudia, un gramo a la vez, un día a la vez." Sí, ¡todo eso me dije! Imagínense ahora cómo me sentía.

Sin conocer los conceptos de mindfulness o autocompasión, había tomado la decisión de vivir en el presente y aceptarme tal cual soy. Entonces estudiaba mi maestría en Nutrición y tenía claro que si iba a ayudar a otras personas a cuidar su alimentación y su peso, tenía que empezar conmigo misma. Pero me era claro que con ese diálogo interno y crítico sólo conseguía atormentarme. Mi vida se había salido de control, de mi control y el querer retomarlo sólo me estaba produciendo un profundo sufrimiento. Así que salí de la regadera y decidí verme nuevamente al espejo, por completo, no de reojo y agradecerme, aceptarme, sonreirme. Nada de esto lo había practicado en terapia, ni conocía aún el Mindfulness. Fue una voz amorosa en mi interior que buscaba una sencilla cosa: sentir paz.

Esta nueva actitud de amor, de compasión hacia mi misma me generó una increíble energía. Tal como me lo prometí, lo hice. Empecé a cuidarme, a ser paciente conmigo misma, a comer más sanamente y sobre todo, en mayor presencia. Disfrutaba mis bocados, combinaba mis alimentos con singular curiosidad, como experimentando. Y nunca, NUNCA, ni siquiera una sola vez me prohibí algo. Comía lo que quería comer, probaba, paladeaba, disfrutaba. Y sin estar pendiente del ritmo, la velocidad o el tiempo, ni vigilando la báscula o la cinta métrica, poco a poco la comida tomó un nuevo sitio en mi vida: comía cuando tenía hambre y si tenía un antojo lo satisfacía sin entregarme a la seducción de los sabores. Comía para NUTRIRME. La comida dejó de tener ese poder en mi. Yo decidía cuándo, cómo y cuánto. ¡Había ganado yo!

Por aquellas fechas apareció el Yoga en mi vida y dos pasos después llegó la Atención Plena –Mindfulness– quien vino a darle un nombre y un sentido a una práctica que había iniciado en el anonimato: el aprender a vivir cada instante al máximo, amándome y haciendo las paces con todo lo que me rodea. Mindfulness llegó para quedarse y tal impacto ha tenido en mi vida que ahora me dedico a compartirlo con los demás. Ahora sé que las semillas de Mindfulness siempre estuvieron en mi, que la terapia sentó las bases y el yoga me permitió conectar mi cuerpo con mi mente. La autocompasión fue sin duda alguna la clave, la inspiración.

Así pues, sin sentir presión y casi, casi, sin darme cuenta, perdí peso, un total de 18 kilos en un periodo de casi dos años. No llevaba prisa, no era la báscula mi objetivo, era el sentirme bien conmigo misma. Mi mayor satisfacción era el sonreír a mi propia persona y decirle en esta ocasión "¡Claro que puedes, siempre has podido!", pero sobre todo, el sentirme feliz por ser capaz de quererme, de aceptarme. Como se imaginarán, a la par, mejoró mi tristeza y pude resolver la pena por la muerte de mi padre, aceptar mi nuevo estado de madre de tres y mi nuevo comienzo en la ciudad que me vio nacer. Ya no estaba enojada, ni conmigo, ni con nadie, ni con nada. Desde entonces me amo, me cuido, agradezco por todo lo que hay en mi vida, en especial por mi cuerpo. Y te cuento que sigo sin preocuparme por la báscula y ¿qué crees? ¡mi peso se mantiene estable!

Recientemente leí un libro titulado "A Mindful Path to Self Compassion" de Christopher Germer, cuya versión al español se titula "El Poder del Mindfulness. Libérate de los pensamientos y las emociones autodestructivas", en el que se habla de este concepto de Autocompasión, como esa capacidad de aceptar nuestro ser, nuestro cuerpo con sus imperfecciones, nuestras emociones ante las situaciones difíciles, sin tratar de evadirlas o aliviarlas de inmediato, sino aceptando lo que es y respondiendo con amor, con cariño y cuidado, tal y como lo haríamos cuando tratamos de ayudar a un ser querido que está en dificultades. 

Yo no sabía, pero aquel momento en la ducha, lo que estaba haciendo conmigo era ser autocompasiva. Si hubiera escuchado ese término en aquel entonces, tal vez hubiese pensado que la autocompasión se refería a ser muy condescendiente con uno mismo, a rendirse y apapachar la mediocridad. Creo que ni si quiera hubiera abierto los oídos, ni la mente, para escuchar que existía la capacidad de mirarse a uno mismo con ojos de esperanza y de confianza en que todo está y estará bien. Tal vez por eso no me llegó como un concepto, sino como una lección de vida, que lo único que pedía de mi era que estuviera dispuesta a abrir mi alma, poner atención y confiar.

Nada tiene que ver ser autocompasivo con ser mediocre, conformista o descuidado. Al contrario, esta actitud es la más profunda muestra de amor y cuidado que uno puede tenerse. Requiere valentía para enfrentar nuestros fantasmas, permanecer con los estados mentales y emocionales difíciles y la entereza para mantener la confianza en uno mismo, a pesar de cualquier circunstancia. Ser autocompasivo nos permite entender la naturaleza del ser humano que vive, aprende, crece y está en constante cambio y que inevitablemente puede vivir momentos de sufrimiento. Nos aproxima a nuestros actos no como errores, sino como experiencias de vida y sustituye el crítico interno por aceptación, autoconocimiento y entendimiento. Y es precisamente desde este lugar de amor y comprensión que surge la motivación para cuidarse en lo físico, en lo mental y en lo espiritual.

Si te interesa profundizar más sobre este tema, te invito a que visites mi página www.alimentacionconatencion.com y te enteres del Taller Nutriendo Cuerpo, Mente y Corazón que dará inicio en el mes de Febrero. O a que me contactes mediante un email o una llamada, con gusto te comparto todos los beneficios que me ha traído el aceptarme y quererme, tal y cual soy. Tel (669)985-2424, o bien, contacto@nutrintegra.com
 

Tú también puedes aceptarte, quererte y amarte hoy mismo.

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