1/03/2015

Cuando el camino se trunca...


En este caminar llamado vida vamos atravesando distintos tipos de situaciones, a las que inevitablemente vamos clasificando y etiquetando como buenas, agradables, divertidas, frustrantes, tristes, difíciles, etc., etc...

Ciertamente casi todos, si no es que todos, hemos encontrado paredes y obstáculos en nuestro andar, o baches que nos llevan a las profundidades, en donde a veces sentimos que la oscuridad es interminable y el sufrimiento se vuelve respirable.

Cuando hemos decidido vivir la vida con atención plena nos preguntamos ¿cómo se libran estos "atorones" de la vida, cómo se sale de las encrucijadas que el destino nos presenta? Les comparto mi experiencia.

Recientemente viví una situación emocionalmente difícil, de esas en las que parece que el dolor del alma no tendrá final, al menos no en breve. Mis ganas de sentarme a meditar y a estar conmigo misma estaban por los suelos. Algo dentro de mi me decía: "medita, esto también pasará". Aún así no me resultaba fácil hacerlo y de hecho, durante dos semanas, prácticamente no lo hice.

Recordé entonces que cada quien va escribiendo su libro, cada quien construye su destino y eso sólo ocurre en el aquí y en el ahora. Así que una mañana decidí sentarme a meditar, a enfrentarme a mi dolor, mis miedos, mis deseos, mi enojo. Y cuando digo enfrentarme me refiero a literalmente verlos de frente, sin ánimos de combate, sólo de aceptación, de receptividad; si pudiera hablarles, les hubiese dicho "¡Hey demonios! aquí estoy." 

Al sentarme, me sentí en casa, en conexión conmigo misma. La única persona que realmente tengo para toda mi vida soy yo. El miedo, la tristeza, el enojo que estaba sintiendo se hicieron evidentes, transparentes; pude ver a través de ellos. Es decir, identifiqué sus causas y me di cuenta que todas ellas estaban o anidadas en el pasado, o proyectadas hacia el futuro. Nada de lo que me hacía sufrir tenía ni causa ni respuesta en ese momento presente. 

Poco a poco pude ver cómo mis sentimientos se iban transformando y cómo la luz entraba al hoyo en el que yo me sentía sumida y atrapada. Poco a poco pude entender que de mí dependía seguir triste o hacer lo único que podía realmente hacer: vivir en el presente, agradecer por esa vida y caminar de frente con todas las ganas de sonreír. Decidí llevar a cabo las acciones que a mi me competían y las que no, dejárselas a los otros, al destino, a Dios, a la vida.

A tres semanas después de esa dolorosa situación me sentía profundamente recuperada. Ciertamente seguirán habiendo cosas con las que tengamos que trabajar, cada día, pues la vida es a diario hasta donde nos dure. Pero entendí como el vivir con atención y con conciencia ciertamente nos ayuda a ponerle freno al sufrimiento innecesario. Es cuestión de querer y de hacerlo.

Finalmente, cada quien encuentra su camino, usa sus propias herramientas y no importa el cómo si al final le funciona a cada persona, lo importante es tratar de salir adelante y vivir la vida al máximo, porque es el mayor de los regalos.  Meditar es como abrir una ventana a nuestra alma y encender la luz en nuestro ser para ver con claridad lo que nos ata, lo que nos hace sufrir, pero principalmente, el camino para salir de ahí, sin juicios, sin prisas, con amor y con confianza. Así que cuando el camino se trunca, siempre habrá manera de seguir adelante, surcando nuestro destino, trazando nuestro propio sendero, a nuestra manera, aquí y ahora.

Que tu día esté lleno de luz y tu corazón de amor. ¡Namaste!

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