1/28/2015

La fuerza de las palabras... Lo que tu hija/o realmente escucha.



Hace unos días compartí con ustedes una publicación acerca del poder que la autocompasión ha tenido en mi vida, en particular les hablé de cómo ha influido en mi decisión de amarme y cuidar mi cuerpo y mi salud. Les comentaba en aquella nota las dificultades que como adulta he vivido con mi peso y mi imagen corporal. Sin embargo, la insatisfacción con la apariencia y la forma en cómo comemos habitualmente inicia en edades más tempranas, a veces muy tempranas. El día de hoy les platico del impacto que nuestras palabras, como adultos, tienen sobre los más pequeños, nuestros hijos, sobrinos, alumnos, en los niños con los que convivimos. Existe evidencia de que lo que decimos acerca de su persona, influye de manera importante en su autoconcepto. Si eres mamá o trabajas muy de cerca con niños, este post es especialmente para ti.
Cuando era pequeña, mi mamá, como cualquier madre amorosa, se preocupaba por mi formación y mi salud. Me enseñaba valores y uno de ellos era la humildad. Creo que eso era lo que intentaba que yo aprendiera cuando me dijo que si alguna persona me llamaba "bonita" yo debería de cantar o al menos recordar una canción que me cantaba acerca de un barquero que daba acceso gratis a su barca a una niña que era muy linda y que entre sus estrofas la niña le contestaba "yo no soy bonita, ni lo quiero ser, porque las bonitas se echan a perder". Yo no entendía por qué yo tenía que cantar o pensar en esa canción, mucho menos por qué yo tendría que decir que no era bonita, si eso era justamente lo que yo quería ser, pero sobre todo, lo que yo quería que ella me dijera que yo era. Estoy convencida completamente de que las madres educamos a nuestros hijos con los mejores recursos con los que contamos, con la mejor intención y con todo el amor, sin embargo, a veces es necesario ir un poco más allá y tratar de entender lo que nuestros hijos escuchan, observan y "entienden" cuando nosotros les hablamos.

Recuerdo que fui una niña "muy delgada" y "mala para comer", o al menos así pensaba y decía mi madre. Tengo muy presente como es que con relativa frecuencia me llevaba al laboratorio para que me tomaran una  biometría hemática (examen de sangre), porque temía que yo tuviera anemia. Ella fue una niña anémica, según nos cuenta. Puedo claramente recordar las palabras del Químico en el laboratorio cuando le decía a mi mamá: "Señora, ¡la niña está bien!, ya no se preocupe" y también recuerdo lo que esas palabras provocaban en mi. Ya se imaginarán cómo me daba coraje que me hubieran picado sin necesidad. Aún así, yo era muy pequeña para objetar, o entender bien lo que ella hacía.

Lo que no olvido es el sobre aquel, de color negro con blanco, que cada mañana recortaba por la esquina con unas tijeras, vertía el contenido sobre una cuchara y me lo  daba a beber, religiosamente y sin falta. Contenía un líquido de color rojo muy, pero muy dulce y me decía que con él iba a comer mejor.  Hoy día veo mis fotos y francamente no pienso que yo haya sido una niña tan delgada, o que necesitara comer más o de manera diferente. Pero bueno, ella era mi madre y, por lo tanto, era la que "más" sabía.
La historia continúa.  Aun siendo pediatra, es fecha que no sé que es lo que me daba en aquel mágico líquido, pero cumplió con su finalidad, porque a eso de los 8 años empecé a ganar peso. Para los 10 era una niña gorda y para los 11, francamente obesa. El discurso y la preocupación de mi madre naturalmente habían cambiado. Ya no me decía que mis flacos brazos se iban a romper, ni tampoco me recordaba de todos los niños de Biafra que morían de hambre mientras yo rechazaba la comida, ni me cantaba "aquí viene un avión, un avión cargado de sopa" para que abriera la boca, mucho menos me decía "no te levantas hasta que te acabes lo que está en el plato". 

Ahora me pedía que ya no comiera tanto, que me cuidara. Me insitía en que metiera la panza y me aconsejaba que en lugar de comida, bebiera agua, si me quedaba con hambre. Ahora yo estaba MUY consciente de que estaba gorda y que eso no era bello, ni se veía bien. Mi mamá seguía hablando y aconsejando sobre qué hacer para que yo comiera "mejor" y bajara de peso. Su preocupación ya no era mi delgadez, sino mi gordura.  Evidentemente, la canción del barquero ya no era necesaria.

Sin darme cuenta y a base de tanta insistencia, empecé a tener un desagrado particular hacia mi cuerpo, no quería ya ser la gorda, ahora quería ser la flaca. Por esa época entré a la secundaria y para mi descubrimiento, el tema del peso ahora también estaba fuera de casa, lo escuchaba en el colegio, entre mis compañeras y amigas del salón. Más que nunca deseaba enflacar. Los niños me gustaban y yo temía no agradar a los demás. Hacia el final del primer año de secundaria entré a una obra de teatro por las tardes, con lo que llegaba tarde a casa y sin comer me iba a mi clase de inglés. Fue el escenario "perfecto" para "no tener tiempo para comer", así que con esas malpasadas empecé a bajar de peso. La realidad es que al adelgazar me encantó la idea y cada vez comía en menor cantidad. Recuerdo las noches en que mis tripas sonaban, pero yo me decía a mi misma que aguantara, que eso era fuerza de voluntad. 

En el verano entre el primero y segundo año de secundaria bajé alrededor de 14 kilogramos. Me sentí sensacional cuando mis compañeros de la escuela notaban mi delgadez, mi gran logro. No tienen idea de lo contenta que eso me ponía. En ese entonces yo no sabía, pero cumplía casi con todos los criterios de una anorexia nerviosa. No estoy cien por ciento segura de que me ayudó a no desarrollarla ampliamente, lo que sí recuerdo es una plática intensa que mi padre tuvo conmigo una buena tarde, en la que me hizo ver lo que yo me estaba haciendo y con lágrimas en los ojos me dijo cuánto le dolería si a mi me pasaba algo. Casi estoy segura de que ese particular evento me despertó de mi letargo y me hizo ver que alguien me amaba profundamente tal y como yo fuera. Sea lo que sea, agradezco infinitamente el que esa etapa de tanta preocupación en torno al peso se diluyó, aunque obviamente, dejó las huellas que me han perseguido la mayor parte de mi edad adulta, hasta apenas hace unos cuantos años, en que como ya les he contado, cambié el auto-juicio por auto-aceptación.

El asunto de toda esta historia no está en lo que yo comía o no comía o en el grosor de mis muñecas, sino en lo que yo pensaba de mi misma, en el grado de satisfacción que sentía hacia mi imagen corporal, en mi autoestima y el concepto de mi persona que yo iba construyendo a lo largo de los años. Inconscientemente sentía que ni siendo flaca, ni siendo gorda era suficientemente buena. 

Reitero una vez más, amo a mi madre profundamente y hoy por hoy no la culpo más de las voces que fomentó en mi a través de sus palabras. He sanado esas heridas y de hecho no fue sino hasta la edad adulta, después de mucho trabajo personal que pude encontrar en donde se fue gestando ese auto-concepto y la forma en cómo todas estas nociones fueron afectando mi relación conmigo misma, con los demás y mi forma de alimentarme y cuidarme.

Esta es sólo la historia de una persona. ¿Alguna vez has sabido de una historia similar? Esto ha sucedido a lo largo de la historia, en las diferentes culturas y sigue y probablemente seguirá sucediendo si no tomamos conciencia de los mensajes que enviamos a los niños. Lo que haya pasado con nosotros será algo que tengamos que trabajar, pero lo realmente importante, al menos desde mi perspectiva como madre y como profesional de la salud que trabaja con niños es lo que hagamos nosotros con las siguientes generaciones.

El caso de una sola persona no es estadísticamente significativo, sin embargo, en la literatura existen muchos artículos que tocan este tema: la influencia de los padres, o los adultos significativos, en el auto-concepto de los niños, en su percepción de su imagen corporal, en su autoestima e incluso en su forma de comer. Algunos estudios indican que existe una influencia directa y negativa cuando los padres, o los adultos significativos, hacen comentarios negativos sobre el cuerpo del niño, sobre su peso o su forma de comer. En el mismo sentido, el hablar de dietas, de gordura, de calorías, de moda, de lo que es bello y lo que no es, impacta el concepto de belleza y el grado de satisfacción corporal que los niños van desarrollando y puede favorecer en ellos comportamientos alimentarios alterados. 


Por lo tanto,  les recomiendo que sean cautos cuando toquen todos estos temas con sus hijos. A mi misma, que soy madre de mujercitas y que me dedico al cuidado de la salud y al trabajo con la alimentación y el peso de las personas, la vida me ha tenido que enseñar a cuidar mi discurso. Aun si el enfoque de la alimentación va orientado hacia la salud y no al aspecto físico, si uno es exagerado y recalca demasiado el impacto del sobrepeso en  el riesgo de enfermedades. Esto puede crear en los niños un importante temor a engordar y en consecuencia a enfermar.

Si tienes dudas, acércate a tu pediatra o médico de cabecera, busca ayuda profesional, pero sobre todo, toma conciencia de que tus temores pueden convertirse en los de tus hijos. Cuando hables con tu hijo o hija aségurate de que entiende que lo/la aceptas tal cual es, que lo/la amas muchísimo y, sobre todo, incondicionalmente. ¿Cuál es la necesidad de que una persona tenga que haber atravesado una larga historia de lucha con su forma de comer, de insatisfacción consigo misma y tener que sanar hasta la edad adulta, cuando todo esto se puede prevenir mediante la construcción de una sana autoestima, que inicia con un lenguaje amoroso y la plena aceptación por parte de los padres desde la infancia?

Aquí puedes ver algunos artículos que hablan de este tema:

Si quieres hablar de este u otros temas, te invito a que me escribas a contacto@nutrintegra.com o me llames (669)985-2424 me encantará conocer tu historia.


1/19/2015

El poder de la Auto-Compasión... NADA tiene que ver con lástima.


Era una mañana de Junio del 2010. Lo puedo recordar claramente, como la misma agua que caía de la regadera y mojaba mi piel. Lo que no era tan claro era la serie de sentimientos y voces en mi cabeza. Ese día, como muchas otras veces, me había metido a bañar malhumorada y resentida. No me gustaba lo que antes de entrar a la regadera acababa de ver en el espejo, mi cuerpo. 

Me había prometido tantas veces que me pondría a dieta, que bajaría los 15 kilos que me sobraban después de los tantos años de poco cuidado, falta de ejercicio y dos embarazos. Sin embargo, nunca parecía cumplir esa promesa. "¿Por qué no tengo fuerza de voluntad?" me preguntaba una y otra vez. "¿Cómo llegué a estar así?, ¿por qué me descuidé tanto?, "whatever! hay otras cosas más importantes, como los niños" – estas y otras frases visitaban mi cabeza con regularidad, provocando angustia, frustración, enojo conmigo misma y al final, desesperanza.

Aquella mañana, sin embargo, las cosas eran distintas. Después de llevar un par de meses en terapia por una serie de eventos ocurridos en años recientes –la muerte de mi padre, el cambio de residencia de una ciudad a otra, la crianza de gemelas y el nacimiento de un bebé– había empezado a tomar conciencia de cómo mi estado de ánimo estaba afectado por asuntos no resueltos. Empezaba a trabajar en cerrar esos ciclos y había decidido que ya estaba cansada de sentirme enojada, triste y desesperada. Puedo revivir el momento preciso en la regadera cuando sintiéndome enojada me dije a mi misma algo como: "¡Ya basta! Deja de hablarte así, este es tu cuerpo y es sólo tuyo y te ha permitido ser quien eres. Si quieres cambiar, ¡hazlo! pero definitivamente nada va a pasar si sigues criticándote, juzgándote y ofendiéndote. Un paso a la vez, Claudia, un gramo a la vez, un día a la vez." Sí, ¡todo eso me dije! Imagínense ahora cómo me sentía.

Sin conocer los conceptos de mindfulness o autocompasión, había tomado la decisión de vivir en el presente y aceptarme tal cual soy. Entonces estudiaba mi maestría en Nutrición y tenía claro que si iba a ayudar a otras personas a cuidar su alimentación y su peso, tenía que empezar conmigo misma. Pero me era claro que con ese diálogo interno y crítico sólo conseguía atormentarme. Mi vida se había salido de control, de mi control y el querer retomarlo sólo me estaba produciendo un profundo sufrimiento. Así que salí de la regadera y decidí verme nuevamente al espejo, por completo, no de reojo y agradecerme, aceptarme, sonreirme. Nada de esto lo había practicado en terapia, ni conocía aún el Mindfulness. Fue una voz amorosa en mi interior que buscaba una sencilla cosa: sentir paz.

Esta nueva actitud de amor, de compasión hacia mi misma me generó una increíble energía. Tal como me lo prometí, lo hice. Empecé a cuidarme, a ser paciente conmigo misma, a comer más sanamente y sobre todo, en mayor presencia. Disfrutaba mis bocados, combinaba mis alimentos con singular curiosidad, como experimentando. Y nunca, NUNCA, ni siquiera una sola vez me prohibí algo. Comía lo que quería comer, probaba, paladeaba, disfrutaba. Y sin estar pendiente del ritmo, la velocidad o el tiempo, ni vigilando la báscula o la cinta métrica, poco a poco la comida tomó un nuevo sitio en mi vida: comía cuando tenía hambre y si tenía un antojo lo satisfacía sin entregarme a la seducción de los sabores. Comía para NUTRIRME. La comida dejó de tener ese poder en mi. Yo decidía cuándo, cómo y cuánto. ¡Había ganado yo!

Por aquellas fechas apareció el Yoga en mi vida y dos pasos después llegó la Atención Plena –Mindfulness– quien vino a darle un nombre y un sentido a una práctica que había iniciado en el anonimato: el aprender a vivir cada instante al máximo, amándome y haciendo las paces con todo lo que me rodea. Mindfulness llegó para quedarse y tal impacto ha tenido en mi vida que ahora me dedico a compartirlo con los demás. Ahora sé que las semillas de Mindfulness siempre estuvieron en mi, que la terapia sentó las bases y el yoga me permitió conectar mi cuerpo con mi mente. La autocompasión fue sin duda alguna la clave, la inspiración.

Así pues, sin sentir presión y casi, casi, sin darme cuenta, perdí peso, un total de 18 kilos en un periodo de casi dos años. No llevaba prisa, no era la báscula mi objetivo, era el sentirme bien conmigo misma. Mi mayor satisfacción era el sonreír a mi propia persona y decirle en esta ocasión "¡Claro que puedes, siempre has podido!", pero sobre todo, el sentirme feliz por ser capaz de quererme, de aceptarme. Como se imaginarán, a la par, mejoró mi tristeza y pude resolver la pena por la muerte de mi padre, aceptar mi nuevo estado de madre de tres y mi nuevo comienzo en la ciudad que me vio nacer. Ya no estaba enojada, ni conmigo, ni con nadie, ni con nada. Desde entonces me amo, me cuido, agradezco por todo lo que hay en mi vida, en especial por mi cuerpo. Y te cuento que sigo sin preocuparme por la báscula y ¿qué crees? ¡mi peso se mantiene estable!

Recientemente leí un libro titulado "A Mindful Path to Self Compassion" de Christopher Germer, cuya versión al español se titula "El Poder del Mindfulness. Libérate de los pensamientos y las emociones autodestructivas", en el que se habla de este concepto de Autocompasión, como esa capacidad de aceptar nuestro ser, nuestro cuerpo con sus imperfecciones, nuestras emociones ante las situaciones difíciles, sin tratar de evadirlas o aliviarlas de inmediato, sino aceptando lo que es y respondiendo con amor, con cariño y cuidado, tal y como lo haríamos cuando tratamos de ayudar a un ser querido que está en dificultades. 

Yo no sabía, pero aquel momento en la ducha, lo que estaba haciendo conmigo era ser autocompasiva. Si hubiera escuchado ese término en aquel entonces, tal vez hubiese pensado que la autocompasión se refería a ser muy condescendiente con uno mismo, a rendirse y apapachar la mediocridad. Creo que ni si quiera hubiera abierto los oídos, ni la mente, para escuchar que existía la capacidad de mirarse a uno mismo con ojos de esperanza y de confianza en que todo está y estará bien. Tal vez por eso no me llegó como un concepto, sino como una lección de vida, que lo único que pedía de mi era que estuviera dispuesta a abrir mi alma, poner atención y confiar.

Nada tiene que ver ser autocompasivo con ser mediocre, conformista o descuidado. Al contrario, esta actitud es la más profunda muestra de amor y cuidado que uno puede tenerse. Requiere valentía para enfrentar nuestros fantasmas, permanecer con los estados mentales y emocionales difíciles y la entereza para mantener la confianza en uno mismo, a pesar de cualquier circunstancia. Ser autocompasivo nos permite entender la naturaleza del ser humano que vive, aprende, crece y está en constante cambio y que inevitablemente puede vivir momentos de sufrimiento. Nos aproxima a nuestros actos no como errores, sino como experiencias de vida y sustituye el crítico interno por aceptación, autoconocimiento y entendimiento. Y es precisamente desde este lugar de amor y comprensión que surge la motivación para cuidarse en lo físico, en lo mental y en lo espiritual.

Si te interesa profundizar más sobre este tema, te invito a que visites mi página www.alimentacionconatencion.com y te enteres del Taller Nutriendo Cuerpo, Mente y Corazón que dará inicio en el mes de Febrero. O a que me contactes mediante un email o una llamada, con gusto te comparto todos los beneficios que me ha traído el aceptarme y quererme, tal y cual soy. Tel (669)985-2424, o bien, contacto@nutrintegra.com
 

Tú también puedes aceptarte, quererte y amarte hoy mismo.

1/18/2015

Individuos... Cuerpo, Mente y Espíritu.


Las personas somos llamadas también individuos, término que etimológicamente proviene de la palabra indiviso, que significa que no se puede dividir. Y teóricamente lo que no se puede fragmentar es nuestra naturaleza humana, constituida por un cuerpo, una mente y un alma o espíritu. Sin embargo,  muchos de nosotros no somos plenamente conscientes de esta interrelación, incluso vemos nuestro cuerpo como un ente completamente separado de nuestra mente y emoción.

Así como los engranes de un reloj, las tres esferas de nuestro ser están interrelacionadas, de manera que el buen funcionamiento de una facilita el de las demás y, a la inversa, si uno de los "engranes" se atasca, la maquinaria deja de funcionar óptimamente. De esta manera, si nuestro cuerpo físico sufre, naturalmente pueden surgir pensamientos y emociones que alimentan nuestra aflicción física. Pensemos por ejemplo en una situación de enfermedad y recordemos como se pone nuestro ánimo. Lo mismo ocurre cuando son nuestras ideas y nuestros sentimientos los que están alterados. Tomemos el ejemplo del estrés y todo lo que impacta nuestra salud física. En resumen, lo que sentimos, genera pensamientos, ideas y  decisiones que se traducen en conductas y acciones, las cuales nos afectan en el plano físico.

En la actualidad, la gran mayoría de las personas vivimos el día a día en un constante acelere, yendo de una actividad a otra sin darnos cuenta de las transiciones que hacemos. En este ritmo acelerado, muchas de nuestras acciones y decisiones son guiadas por conseguir objetivos materiales: comprar un auto o una casa, conseguir un mayor ingreso, escalar de puesto en el trabajo. Buscamos que nuestros hijos tengan diferentes actividades extra-académicas, con la idea de que aumenten su preparación y sus chances de ser o vivir "mejor". Desde pequeños los enseñamos a competir y a creer en la autoexigencia como medida de asegurarse éxito en la vida. El resultado de vivir así es que las horas pasan y los días no alcanzan y terminamos yéndonos a dormir –si lo conseguirmos– por las noches, exhaustos y con la sensación de no haber logrado hacer todo lo que habíamos planeado. Llevamos al plano de los sueños los pendientes del siguiente día. Así,  es probable que iniciemos la nueva mañana en números negativos y con una carga emocional en contra.

Guiados por la necesidad de obtener recursos materiales para esta mejor vida, depositamos la idea de la felicidad en la consecución de determinadas cosas o situaciones. Puede ser que nos sintamos satisfechos con la vida que tenemos, pero creamos que será aún mejor cuando logremos todos nuestros propósitos. Y en ese continuo deseo de mejorar, conseguir y lograr en el futuro, dejamos ir la vida que sucede frente a nosotros, la que está ocurriendo justo aquí y ahora, en el momento presente.


Entendiendo la felicidad como un estado mental, no es posible conseguirla fuera de nosotros. Por ese motivo, hay gente que teniendo todas las cosas materiales que pueden desear, no se sienten felices; mientras que otras más desafortunadas en el plano económico, transpiran alegría con su simple presencia. Así mismo, hay personas realmente enfermas, con padecimientos crónicos, que son grandes maestras de vida, que atesoran cada instante y además contagian su esperanza. Y hay también quienes, teniendo salud, ven la vida tan negativamente que terminan por enfermarse. La felicidad es también un sentimiento. La dificultad para sentirla tiene que ver con las historias que nuestra mente elabora y que  terminamos por creernos. Ante la idea de que algo nos falta, de que no estamos completos o de que no somos lo suficientemente buenos o capaces,  el espíritu se intranquiliza. Buscamos afuera eso que nos completará y nos pondrá en la idealizada situación perfecta, en la que ¡por fin seremos felices! – o eso creemos.

El estrés, la ansiedad, la frustración, la tristeza y el aburrimiento son emociones no agradables. Una forma natural de reaccionar ante ellas es negarlas, evadirlas, ignorarlas. Intentamos distraer la mente y el corazón cuando sentimos aversión ante las situaciones y llevamos a cabo actos inconscientes, sin darnos cuenta que nos hagan sentir mejor. Reaccionamos a nuestras emociones sin percatarnos de ello, sin poner atención, sin observar lo que hacemos y mucho menos el cómo o el por qué lo hacemos. Así, recurrimos a cosas como comprar compulsivamente o comer inconscientemente.


Y cuando somos puestos frente a frente a las consecuencias de nuestros inconscientes actos, el resultado es la incomprensión de "nuestra mala fortuna", o bien la culpa y el remordimiento por no saber "controlar" nuestros actos. Terminamos en el primer caso sintiéndonos víctimas y en el segundo, siendo nuestros propios verdugos. Es precisamente esta manera de vivir en automático, de reaccionar inconsciente e impulsivamente la que favorece esta desconexión cuerpo-mente-emoción y favorece que hagamos cosas de las que después nos arrepentimos o que tengamos un sentimiento de vacío, de pérdida, de que algo falta.

Afortunadamente el antídoto está en nuestros sentidos y en la capacidad de prestar atención a lo que sucede en cada momento, justo aquí y ahora. A esta forma de atender lo que nos ocurre le llamamos Atención Plena o Plena Conciencia – Mindfulness. Es una práctica que inicia con la decisión y la voluntad de ver la cosas que ocurren tal y como son y de llevar la mirada al interior de nuestro ser, sin juzgarnos ni ser tan críticos con nosotros mismos, sino de ser autocompasivos y aceptarnos tal y cual somos.

Permitirnos observar así es el primer paso para vivir con conciencia y salir del piloto automático y acelerado que le pusimos a nuestras vidas y en el que muchos de nosotros vivimos sin poder saborear nuestra existencia. De la observación intencionada y sin juicios deriva la aceptación de lo que es, de lo que somos y de ahí la transformación y la liberación de lo que nos genera sufrimiento.
Para vivir con conciencia necesitamos regresar cada instante al momento presente, a nuestro propio cuerpo, con nuestros pensamientos y nuestras emociones, observando, aceptando, soltando el pasado y sin engacharnos tampoco al futuro, pues el único tiempo en el que realmente sucede la vida es ahora mismo, justo en este lugar.

Atrévete a experimentar y observa lo que está frente a ti y dentro de ti en este momento. Ahora cierra tus ojos, concentrate en tu respiración, percibe los sonidos, los aromas, las sensaciones de tu piel y de todo tu cuerpo. Observa como tu mente se va a otro lugar rápidamente. Si has notado esto, no la juzgues, sólo obsérvala y regrésala a tu respiración. Permítete unos minutos haciendo esto y después nota qué pasó en tu mente, en tu espíritu y en tu cuerpo. 

En Nutrintegra sabemos que -como individuos- somos cuerpo, mente y espíritu. Que para lograr lo que nos proponemos necesitamos alinear lo que pensamos y sentimos con lo que hacemos. Sabemos que detrás del deseo de cuidarnos y alimentarnos sanamente se libra una batalla en el corazón, en la que muchas veces gana la desesperanza y la falta de confianza en uno mismo. EN LA INMENSA MAYORIA DE LOS CASOS, las DIETAS NO FUNCIONAN PARA PERDER PESO Y MANTENERLO a largo plazo. Mientras no cambiemos nuestro enfoque hacia la comida, difícilmente lograremos cambiar la forma en cómo nos alimentamos. ATRÉVETE A CAMBIAR DE RAIZ. 

Si estás interesado en profundizar en este tema o en tomar alguno de nuestros talleres contáctanos Tel. (669)9852424 o escríbenos a:
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1/13/2015

¿Estás seguro de que lo que piensas es?


 Nacemos con una psique (mente) casi, casi en blanco. Genéticamente preparada para recibir información y acomodarla en lo que será nuestra personalidad, la historia de nuestra vida, nuestra experiencia. Conforme vamos creciendo y desarrollándonos vamos construyendo una estructura de pensamientos e ideología que nos permite explicarnos y entender el mundo que nos rodea, que le da sentido a lo que sucede dentro y fuera de nosotros. En algún punto del camino, la mayoría de nosotros tiene una "idea clara" de quién es, lo que le gusta, lo que le desagrada, lo que persigue en la vida, lo que lo hace feliz e infeliz. Otros tantos, declaran seguir en la búsqueda de esa noción.

Sea lo que sea que pensemos de nosotros mismos y del medio en el que vivimos, una realidad innegable es que todo está en constante movimiento y cambio. Pasan las horas, los días, nuestro cuerpo cambia, la gente con la que nos relacionamos cambia, unos van, otros vienen, unos nacen, otros mueren. Y aún si nos resistimos, aún si lo negamos, nosotros mismos también cambiamos. Así que eso que nos "define" ahora, no necesariamente nos definirá mañana, aún si así lo deseamos.

Dicen los expertos que las palabras construyen nuestra realidad y yo concluyo que nosotros somos quienes la fabricamos a través de nuestras creencias, del concepto que tenemos de nosotros mismos y de nuestros juicios sobre todo lo demás. Vemos el mundo no cómo es, sino como nosotros queremos creer que es. Actuamos y muchas veces de manera inconsciente, reflejando lo que creemos como real. No consideramos que nuestros pensamientos, son sólo eso, ideas y construcciones de nuestra mente.

Si alguien nos pide que nos auto-definamos, muchos de nosotros iniciamos una narrativa para explicar quiénes somos, esa idea que tenemos de nosotros mismos. Las etiquetas que nos imponemos, con la intención de tener una identidad para mostrarle al mundo, nos limitan. Entonces vamos por la vida diciendo cosas como "yo soy enojona", "soy amiguera", "soy inteligente", "soy a todo dar", "soy flojo", "soy tragón", etc. etc. Y la realidad es que muy probablemente sí seamos mucho de lo que decimos. El punto es ¿por qué casarnos con una definición de nosotros mismos? Y sobre todo, ¿en dónde aprendimos que somos eso que decimos?

Igualmente, cuando nos invitan a explicar las circunstancias y los hechos del mundo, muchos somos capaces de apostar cualquier cosa para asegurar que lo que nosotros pensamos es la verdad y que el de enfrente no logra verla bien. Basta con ver una discusión entre dos personas sobre política, religión o deporte. ¡Vaya que las cosas se suben de temperatura!

¿Que tal que las cosas no son como pensamos? Tal vez ni son tan negativas, ni tan trágicas como creemos? ¿Que tal que las probabilidades de que las cosas pasen o no de tal manera, sean sólo eso, probabilidades y  nosotros seamos realmente capaces de ser dirigir nuestra vida? ¿Quién dijo que tenías que vivir de esa manera? ¿En dónde aprendiste que se es exitoso cuando se consigue una determinada circunstancia? ¿Por qué crees que serás más feliz cuando tengas eso o te pase aquello?

La invitación es a que reflexionemos sobre nuestras ideas, tanto de nosotros mismos, como de la vida que llevamos. Los pensamientos se construyen en la mente, a partir de lo que percibimos y las percepciones son apreciaciones de la realidad. 

Donde hay ilusión, hay desilusión. Atrevámonos a cambiar el cristal con el que vemos las cosas. Sobre todo, si no nos sentimos felices, completos o plenos con la manera en cómo actualmente pensamos y vivimos. Tal vez valga la pena considerar que mientras más nos comprometamos a cumplir con la idea de eso que "somos" o que se supone que "debemos ser", menor libertad tendremos de experimentar lo que realmente somos y todo lo que podemos reinventarnos cada día. 

Por ejemplo, si yo me caso con la idea de que "soy miedosa", lo más seguro es que efectivamente el miedo dirija mi vida. O si yo me la creo al decir que "soy poco sociable, que me cuesta hacer amigos", es muy factible que me pierda de la oportunidad de conocer gente. ¿Y qué si soy de esas personas que cree que lo sabe todo y creo que yo estoy bien y los demás están mal? Seguramente me perderé de la experiencia de ver la vida con ojos nuevos y curiosos, capaces deleitarse con las maravillas de la vida y aprender de los demás. Tal vez, entonces, creeré que las cosas y las circunstancias son rígidas, que no cambian y la esperanza no será parte de mi enfoque.

Si sientes que a tu vida le hace falta algo o que hay algo en ti que quisieras cambiar, te invito a reflexionar en todo lo que ya eres, todo lo que tienes y sobre todo, en el modo en cómo enfocas el mundo. En todas partes nos dicen que la felicidad no está fuera, sino dentro de nosotros. Seguramente ya lo habías oído o leído antes. Si es así ¿qué necesitas para encontrarla en ti? Tal vez sea cuestión de cambiar el color del cristal con el que miras.

Si quisieras una asesoría individual para profundizar sobre este o cualquier otro tema de este blog,  llámanos al (669) 985-2424 o escríbenos a contacto@nutrintegra.com  ¡Estamos para servirte!

1/09/2015

El Miedo al Cambio.


¿Por qué cuando la mayoría de las personas están dispuestas a realizar cambios en sus vidas, muchas veces la intención no progresa más allá de un par de intentos? ¿Es falta de voluntad o de conocimiento lo que limita a la gente para salir de la zona de confort y atreverse a vivir en mayor armonía consigo mismos? ¿Por qué conocemos historias de sufrimiento en las que para nosotros la solución es tan evidente, como el terminar con una relación destructiva o el empezar a llevar un estilo de vida más saludable, pero la otra persona parece no verlo o entenderlo?

El miedo es una emoción en respuesta a un peligro real o imaginario. Este sentimiento nos hace reaccionar para protegernos y ponernos a salvo. Sin embargo, muchos de nuestros temores nacen a partir de pensamientos y creencias que nada tienen que ver con la realidad, o de experiencias del pasado que se han quedado grabadas en nuestro inconsciente y que se activan cuando reproducimos una historia similar ya sea a través de una vivencia, o al recrear en nuestra mente una historia que nos hace pensar que corremos peligro. Desafortunadamente, el miedo paraliza y muchos de nosotros hemos aprendido a vivir así por años.

Como cualquier emoción, el miedo ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Su utilidad está en función de lo que hagamos con él. La forma en cómo afecta nuestra vida es lo que tenemos que analizar. En lo personal, creo muy conveniente el empezar a trabajar en nuestros miedos cuando estos nos paralizan y nos impiden realizar acciones para llevar una vida plena. La resistencia al cambio deriva de un temor a no saber si seremos capaces de dar los pasos necesarios para ser más libres y felices. 

El miedo al fracaso, a lo que depara el futuro, a no hacer las cosas perfectamente nos impide ver todas las capacidades que ya tenemos y las que podemos desarrollar en función de cuidarnos mejor y ser más felices y plenos. No es que sea más sencillo permanecer como estamos, ni que no tengamos la voluntad para decidirnos a emprender nuevos rumbos, es simplemente que nos sentimos más seguros con lo que ya conocemos.

Atrevernos a romper paradigmas implica un esfuerzo, que muchas veces no estamos dispuestos a realizar. El imaginar y creer que tenemos que hacer un gran trabajo para cambiar, termina por desanimarnos y dejamos de lado la empresa. Sin embargo, "un viaje de mil millas inicia con el primer paso", como bien versa un proverbio oriental atribuido a Lao-Tse.

Te invito a que reflexiones a qué le temes cuando piensas en ese cambio que quieres realizar, como el adoptar un estilo de vida más sano o tal vez buscar otro trabajo, una nueva actividad, o terminar esa relación en la que no eres feliz. Cuando identifiques tu temor o inquietud,  recuerda que la única constante en la vida es precisamente el cambio. No serías quien hoy eres si no hubieses dejado de ser un bebé, ni estarías en donde estás ni hubieras logrado todo lo que has logrado si el miedo a cambiar te hubiese frenado todo el tiempo. Has cambiado y lo has hecho valientemente y lo mejor está todavía por venir. Sólo necesitas dar ese primer paso. 

Cada día, cada mañana es una oportunidad para reinventarnos, para elegir nuestro destino. No hay un camino igual para todos, cada uno de nosotros lo vamos construyendo. El primer paso para elegir una nueva forma de vivir tal vez sea el darte cuenta de que hay muchas otras alternativas de aproximarte a la vida, otras formas de cuidarte mejor y amarte a ti mismo.  El segundo paso quizá sea el recordar y entender que en verdad mereces ser feliz por el simple hecho de existir y puedas apreciar que dentro y fuera de ti, ya están puestas las condiciones necesarias para tu felicidad. Dios existe en ti, obsérvalo. No necesitas hacerte nada diferente para ser feliz, o para ser valioso, ya lo eres. Aceptarte tal cual eres te quita la tensión de tener que ser alguien diferente y te permite disfrutar de tu persona y de todo lo que te rodea. Quien se acepta a sí mismo está en una mejor condición para saborear la vida al máximo.

Ahora lo único que tal vez haga falta sea que tomes el control de tu mente y tus emociones, es decir, el rumbo de tu existencia. Eres más que tus pensamientos, eres más que el miedo a cambiar, eres el cambio. Y cada momento, cada instante te revelará una maravilla de la vida si decides ver con atención y con valentía tu presente. Vivir así es vivir más sana y plenamente. ¡Que sea hoy tu primer paso!

Si estás interesado en profundizar en este tema o en tomar uno de nuestros talleres o en conocer más a fondo de qué se tratan, no dudes en contactarnos. Tel. (669)9852424 o escríbenos a:
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1/05/2015

¿Por qué explorar Mindful Eating?



¿Qué es Alimentación con Atención (Mindful Eating)?

Cada vez escuchamos más y más sobre Mindful Eating (la traducción más cercana sería la de Comer con Conciencia o Comer con Atención Plena). ¿Corremos el riesgo de que esto se trate sólo de una moda? Dificilmente, dado que implica motivación y voluntad para cambiar el estilo de vida, lo cual toma más que unas cuantas semanas de trabajo, de hecho se vuelve una forma de vida. Al contrario de lo que la mayoría de las dietas de moda plantean, es decir, una pérdida de peso rápida y con poco esfuerzo, Mindful Eating, no se centra en el peso, sino en tu relación con la comida.  Mindful Eating no es una fórmula mágica. Es el sendero de la ''atención plena'' hacia una nutrición saludable

Utilizando la sabiduría que todos tenemos y mucho sentido común, Mindful Eating es una disciplina que plantea un cambio de enfoque: no es el qué como, sino un vistazo al por qué y al cómo lo hago, para finalmente llegar al ¿cómo hacer para modificarlo? 

En este caminar descubrimos las respuestas para volver a disfrutar de los alimentos sin culpas y de manera equilibrada. Las personas que deciden experimentar Mindful Eating con apertura mental y voluntad, llegan a tal descubrimiento de si mismos y de cómo su comportamiento alimentario ha sido condicionado que identifican las emociones y situaciones que los han llevado a comer desordenadamente y por tanto, las estrategias para restablecer una relación adecuada con la comida. Maravillosamente integran  y extienden estos descubrimientos y estos cambios otras áreas de su comportamiento, formando un nuevo estilo de vida, más saludable y armónico.

Esta disciplina tiene sus orígenes en las técnicas de meditación del budismo, que nos permiten detenernos y arrivar a la estarción del tren llamada "momento presente", desde la que es posible observar cómo muchas de nuestras emociones están originadas en situaciones del pasado o en pensamientos futuristas, aun no ocurridos. Utilizando nuestra respiración como ancla, podemos experimentar el momento presente con total atención, intencionadamente y sin juicios, es decir con conciencia plena.  

En los ejercicios de Mindful Eating las personas experimentan con todos sus sentidos los olores, texturas, colores, sabores y sonidos de los alimentos. Al comer de esta manera, aprenden a valorar físicamente la sensación de hambre, darle una calificación en base a sus sensaciones físicas y a distinguir del apetito emocional. Poco a poco van abriéndose a la nueva experiencia de comer disfrutando al máximo, sin miedo, ni culpa, mientras van sacando del baúl de los recuerdos y del arca del futuro respuestas a preguntas como:  ¿por qué como así?, ¿qué significa el alimento para mi?, ¿por qué los atracones?, ¿por qué la falta de control, el miedo y la culpa? Pero sobre todo, aprenden a manejar las emociones estresantes que se reflejan en su manera de comer y de vivir, anclandose a la paz que reside dentro de cada uno, aquí y ahora.


¿Por qué Mindful Eating? 
Es innegable que en la actualidad tenemos un fácil acceso a la comida, además de un constante bombardeo de anuncios y estrategias de mercado para que consumamos tanto como sea posible. Nos presentan los alimentos en forma colorida, atractiva, llena de sabores y componentes adictivos. Por otra parte vivimos la era del "No tengo tiempo", lo que nos lleva a vivir y en modo de ‘piloto automático’ y esto se refleja claramente en nuestra manera de alimentarnos. Así el resultado es que comemos a prisa alimentos cada vez más artificiales y menos nutritivos y en cantidades excesivas,  guiados por lo que hay en el plato o distraidos por un sin fin de situaciones como el celular, la televisión, la charla, el periódico o hasta la leyenda nutricional de la caja de cereal. 

La práctica de la respiración  con atención plena interrumpe ese proceso mecánico, colocándonos en el presente y fomentando la unión entre cuerpo, mente y espíritu. Al hacer esto enfocamos la alimentación no en el qué sino en el cómo comemos. Al estar conscientes seremos capaces de entender lo que nos sucede, de pasar de la crítica a la aceptación, pero sobre todo de vislumbrar que justo dentro de nosotros reside la respuesta para dar el cambio. 

Mindful Eating Vs. Dietas
 
A diferencia de los abordajes nutricionales tradicionales, el cambio se da desde adentro, desde la decisión y la elección personal, no desde fuera mediante un menú parcial o totalmente impuesto, que desatiende en gran parte las necesidades a las que somos sometidos momento tras momento, siendo esta la causa principal por la que muchas veces se abortan planes de alimentación, metódica y correctamente bien calculados en base a las necesidades calóricas, pero pobres en cuanto a la capacidad de elección y predilección de cada individuo en cada momento, constantemente cambiantes.

Mindful eating no es un método pasajero, es un estilo de vida que llega para quedarse y que no tiene NADA que ver con volverse budista. Se trata simplemente de traer más conciencia a nuestra vida, para tomar mejores decisiones.

Para integrar mejor esta disciplina, es recomendable que la persona aprenda conocimientos básicos sobre Nutrición, pero sin dejar escuchar la voz de su cuerpo. Es aprender a escuchar también las voces de la mentes y los reclamos de la culpa, no permitiendo que se adueñen de nuestra voluntad por vivir de una manera más sana.

Algunas consejos para Comer con Conciencia.
1. Comer con el mínimo de distracciones.
2. Involucrar los sentidos. 
3. Servirse las raciones moderadas.
4. Comer despacio, observando lo que ocurre en el estómago.
5. No saltarse comidas.
6. Cocinar y seleccionar con conciencia ambiental lo que comemos. 

Claro, porque la conciencia al comer implica recordar de donde vienen nuestros alimentos y todo el esfuerzo detrás de ellos, así como el impacto a nuestro planeta derivado de una alimentación excesiva e inconsciente.

Comer con Conciencia es saber comer, es comer para alimentarse bien, es NO comer cuando lo que nos está pasando no es hambre física sino otro apetito, descuidado y en el olvido. Mindful Eating es bien comer, para bien vivir.

Si estás interesado en profundizar en este tema o en tomar alguno de nuestros talleres o en conocer más a fondo de qué se tratan, no dudes en contactarnos. Tel. (669)9852424 o escríbenos a:
contacto@nutrintegra.com

1/04/2015

Comiendo inconscientemente. Veamos cómo Mindful Eating nos puede ayudar.




Veamos un escenario común en el que Mindful Eating nos puede ayudar.

Rocío llega a casa por la noche después de un ajetreado día de trabajo, en el que además tuvo ciertas tensiones, problemas de esos que nos causan estrés. Es hora de hacer las últimas labores antes de cerrar el día, tiene que dar de cenar a los hijos, poner ropa en la lavadora, preparar la comida del siguiente día y entrar al internet a terminar unos pendientes de la oficina que no alcanzó en su horario este día.

De pronto siente hambre, mucho deseo de comer desde hace como una hora y entonces va al refrigerador. Ve lo que hay, nada parece antojársele, entonces de lo que encuentra decide tomar lo que más le apetece. Se prepara un sándwich con doble jamón y doble queso y se sirve un vaso de leche. Sigue con sus quehaceres y  de pronto se da cuenta de que ya se terminó el sándwich y ni lo sintió. Pero ahora siente que se ha quedado aun con hambre, se dice a sí misma “siento como que algo me falta, tal vez algo dulce”. Vuelve a checar el refri, sin encontrar nada que se le antoje, nada que llene ese huequito.

Revisa en la alacena y encuentra mermelada, toma un poco y la pone en un pan. Se lo come, no era lo que quería pero no le supo mal, así que se prepara otro pan y se sirve más leche para comerlo mientras finalmente termina con el último pendiente. Al terminar de comer se siente súper llena. De pronto se siente mal, ni quería sándwich, ni leche, ni pan con mermelada, ¡pero aún así se lo comió! Con la barriga a reventar y el corazón apachurrado por la culpa se va a la cama jurándose a sí misma muy seriamente que no volverá a comer así, nada más porque sí.
1. ¿Te ha ocurrido alguna situación similar?
2. ¿De qué te das cuenta con esto? ¿Por qué habrá comido de esa manera?
3. ¿Sería hambre física todo el tiempo?
4. ¿Por qué puede ser que haya comido tanto?
5. ¿Qué opciones pudo haber elegido distintas a esta manera de alimentarse?
Estas y otras tantas preguntas pueden surgir después de una situación así. Las personas comemos por hambre física o por alguna emoción que dispara el acto alimentario. La conciencia es la herramienta que nos permite discernir entre uno y otro caso.

Mindful Eating o Comer con Conciencia nos permiten observar y atender momentos como este antes de llegar al acto de comer sin darnos cuenta. Mediante la curiosidad, la atención, la capacidad de estar presentes momento con momentos, sin juicios podemos entender nuestra forma de sentir, de actuar de alimentarnos.

Mediante nuetros sentidos podemos estar presentes y con atención a nuestras sensaciones físicas, nuestras emociones y pensamiento y darnos cuenta que es lo que sucede con nosotros momento a momento. De esta manera podemos ver el por qué comemos, por qué tenemos determinados antojos y patrones alimentarios. Lo más importante es que esto nos permite tomar acciones que sean más benéficas para nuestra salud y que al mismo tiempo satisfagan nuestras necesidades.

comer con conciencia es cambiar la crítica por curiosidad, lo que nos permitirá conocernos cada vez mejor y poder escuchar lo que nuestro cuerpo nos pide, así como lo que necesita nuestra mente. La comida nos ayuda a satisfacer el hambre física, pero no los otros disparadores del acto alimentario inconsciente.

Si estás interesado en profundizar en este tema o en tomar uno de nuestros talleres o en conocer más a fondo de qué se tratan, contáctanos. Tel. (669)9852424 o escríbenos a:
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1/03/2015

Cuando el camino se trunca...


En este caminar llamado vida vamos atravesando distintos tipos de situaciones, a las que inevitablemente vamos clasificando y etiquetando como buenas, agradables, divertidas, frustrantes, tristes, difíciles, etc., etc...

Ciertamente casi todos, si no es que todos, hemos encontrado paredes y obstáculos en nuestro andar, o baches que nos llevan a las profundidades, en donde a veces sentimos que la oscuridad es interminable y el sufrimiento se vuelve respirable.

Cuando hemos decidido vivir la vida con atención plena nos preguntamos ¿cómo se libran estos "atorones" de la vida, cómo se sale de las encrucijadas que el destino nos presenta? Les comparto mi experiencia.

Recientemente viví una situación emocionalmente difícil, de esas en las que parece que el dolor del alma no tendrá final, al menos no en breve. Mis ganas de sentarme a meditar y a estar conmigo misma estaban por los suelos. Algo dentro de mi me decía: "medita, esto también pasará". Aún así no me resultaba fácil hacerlo y de hecho, durante dos semanas, prácticamente no lo hice.

Recordé entonces que cada quien va escribiendo su libro, cada quien construye su destino y eso sólo ocurre en el aquí y en el ahora. Así que una mañana decidí sentarme a meditar, a enfrentarme a mi dolor, mis miedos, mis deseos, mi enojo. Y cuando digo enfrentarme me refiero a literalmente verlos de frente, sin ánimos de combate, sólo de aceptación, de receptividad; si pudiera hablarles, les hubiese dicho "¡Hey demonios! aquí estoy." 

Al sentarme, me sentí en casa, en conexión conmigo misma. La única persona que realmente tengo para toda mi vida soy yo. El miedo, la tristeza, el enojo que estaba sintiendo se hicieron evidentes, transparentes; pude ver a través de ellos. Es decir, identifiqué sus causas y me di cuenta que todas ellas estaban o anidadas en el pasado, o proyectadas hacia el futuro. Nada de lo que me hacía sufrir tenía ni causa ni respuesta en ese momento presente. 

Poco a poco pude ver cómo mis sentimientos se iban transformando y cómo la luz entraba al hoyo en el que yo me sentía sumida y atrapada. Poco a poco pude entender que de mí dependía seguir triste o hacer lo único que podía realmente hacer: vivir en el presente, agradecer por esa vida y caminar de frente con todas las ganas de sonreír. Decidí llevar a cabo las acciones que a mi me competían y las que no, dejárselas a los otros, al destino, a Dios, a la vida.

A tres semanas después de esa dolorosa situación me sentía profundamente recuperada. Ciertamente seguirán habiendo cosas con las que tengamos que trabajar, cada día, pues la vida es a diario hasta donde nos dure. Pero entendí como el vivir con atención y con conciencia ciertamente nos ayuda a ponerle freno al sufrimiento innecesario. Es cuestión de querer y de hacerlo.

Finalmente, cada quien encuentra su camino, usa sus propias herramientas y no importa el cómo si al final le funciona a cada persona, lo importante es tratar de salir adelante y vivir la vida al máximo, porque es el mayor de los regalos.  Meditar es como abrir una ventana a nuestra alma y encender la luz en nuestro ser para ver con claridad lo que nos ata, lo que nos hace sufrir, pero principalmente, el camino para salir de ahí, sin juicios, sin prisas, con amor y con confianza. Así que cuando el camino se trunca, siempre habrá manera de seguir adelante, surcando nuestro destino, trazando nuestro propio sendero, a nuestra manera, aquí y ahora.

Que tu día esté lleno de luz y tu corazón de amor. ¡Namaste!

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